El 25 de marzo de 2015, la región de Atacama vivió uno de los desastres más devastadores de su historia. Un aluvión sin precedentes arrasó ciudades, cobró vidas y dejó una huella imborrable en sus habitantes. A una década de aquella tragedia, reflexionamos sobre los avances en reconstrucción, las lecciones aprendidas y el rol clave del Ministerio de Obras Públicas en la protección y seguridad de la región. Desde el primer día, el MOP se convirtió en un pilar fundamental para la recuperación.
Los equipos del MOP trabajaron sin descanso para restablecer la conectividad, rehabilitar la infraestructura dañada y desarrollar soluciones para mitigar futuros eventos. El esfuerzo no se detuvo en la emergencia. En estos diez años, la inversión en infraestructura ha sido significativa: sólo en Obras Hidráulicas más de 94.900 millones de pesos en obras fluviales y de control aluvional en las quebradas de Paipote y el Río Salado. Estas iniciativas no solo han mejorado la seguridad, sino que también han dado tranquilidad a miles de familias.
Otro avance crucial ha sido la modernización del sistema de monitoreo meteorológico y fluviométrico. En 2015, Atacama contaba con una sola estación de transmisión de datos hidrométricos. Hoy, gracias a una inversión sostenida, la región dispone de 76 estaciones con tecnología satelital, lo que ha permitido aumentar la capacidad de alerta en un 7.600%. La conectividad aérea también ha sido una prioridad. La Dirección de Aeropuertos ha trabajado en la construcción de puntos de posada para helicópteros en Chañaral, Copiapó y Huasco, facilitando las operaciones de emergencia y reduciendo las brechas de aislamiento en momentos críticos.
Así, a una década del desastre, la reconstrucción no solo ha sido material, sino también social. Atacama ha demostrado que la resiliencia se construye con planificación, inversión y compromiso. La región sigue enfrentando desafíos pero hoy está mejor preparada. El trabajo del MOP en estos años ha sido clave para transformar el dolor en aprendizaje y en acciones concretas. Porque no se trata solo de reconstruir lo que se llevó el agua y barro, sino de asegurar que, cuando vuelva a llover con fuerza, la historia no se repita.